Cuanto más entreno

TSC - 4 de Enero de 2014

Os dejamos con una interesante reflexión de Angel Sanz, publicada en su blog RE-IMAGINANDO, en la cual nos habla de la gestión de la suerte.

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"Hemos escuchado en miles de ocasiones que, para alcanzar el éxito, no vale solamente con trabajar duro, echar el resto, tener un método fiable, ponerlo en práctica y aplicar cada átomo de energía en la consecución de nuestros objetivos. Además de todo esto, siempre hay un factor de suerte que se necesita y que, al final, marca la diferencia. Esta afirmación está comunmente aceptada. Y yo la he dado por buena.... Hasta hoy. No quiero decir que sea totalemente falsa, pero sí que es verdad que requiere una serie de matizaciones que pueden hacer que lo veamos de una manera diferente.

Una de las lecturas navideñas que ha caído en mis manos (gracias Paul por la recomendación) es el libro "La ecuación del éxito: desenredando habilidad y suerte en negocios, deporte e inversiones". En él, Michael J. Mauboussin hace un ejercicio muy interesante que comienza diferenciando actividades en función de la influencia que tienen la habilidad y la suerte para alcanzar su máxima expresión o su mejor rendimiento a efectos de resultado. Por poner un ejemplo, hay actividades basadas en la habilidad como tocar el violín o jugar al ajedrez que dejan poco margen a la suerte. Y al contrario, hay actividades como ganar en la lotería o acertar en la ruleta que dejan muy poco margen a la habilidad. Siendo esto así, "en aquellas actividades en las que la suerte tiene poco impacto, un buen proceso suele terminar en un buen resultado. Por otro lado, en actividades en las que la suerte tiene mayor impacto, un buen proceso suele terminar en un buen resultado... pero sólo con el tiempo" ya que en el proceso se van a ir obteniendo resultados negativos. Sin embargo, no todo es blanco o negro. La inmensa mayoría de las actividades se ubican en los distintos tonos de grises. Por tanto, implican una mezcla de habilidad y suerte que hay que saber gestionar.

A partir de aquí, se obtiene una fórmula que se resume en que la suerte es igual a lo que queda cuando a una actuación de éxito o un resultado positivo le restamos la habilidad. Cuanto más habilidad tengas, menos espacio para la suerte. Pero dependiendo de la actividad, aún siendo el más experto del mundo puede darse el caso de que la suerte tenga un impacto importante. Esto no es bueno ni malo, simplemente implica que hay que tenerlo en cuenta a nivel estratégico y de gestión. 

Un buen ejemplo es la película 21 Blackjack protagonizada por Kevin Spacey y basada en una historia real en la que un profesor y unos estudiantes muy brillantes de la prestigiosa universidad del MIT en Boston consiguen aplicar un método contando cartas (habilidad) para poder gestionar la suerte (probabilidades) y desplumar casinos en Las Vegas. Si el método se aplicaba en el tiempo, se ganaba mucho dinero. Aunque, por otro lado, había que estar preparado para perder ya que era parte del proceso. Perder no implicaba mala suerte. Es más, perder validaba el proceso. Sin embargo, a largo plazo, las ganancias superaban con creces las pérdidas.

Como véis, para conseguir gestionar la suerte, es necesario ser el mejor. A Kevin Spacey no le valían estudiantes normalitos. Tenían que ser los más brillantes. En otros ámbitos es lo mismo. Es fácil llegar a cierto nivel de conocimiento dedicándole cierto tiempo a entenderlo y practicarlo. Dicho de otra manera, es fácil llegar a cierto nivel de competencia si le dedicamos el tiempo suficiente. Pero una cosa es tener experiencia en algo, y otra muy distinta es ser experto en algo. Y esta diferenciación es algo que, en España, nos cuesta entender. Damos por supuesto que alguien sabe mucho de algo porque lleva mucho tiempo haciéndolo. Pero, como decía Michael Jordan: "Si te pasas 8 horas al día tirando triples de la manera equivocada, te convertirás en el mejor del mundo tirando tiples de la manera equivocada".

No cuesta encontrar a gente que ha llegado a la plataforma del alto rendimiento: existen miles de jugadores de golf, tenistas, futbolístas, músicos, artistas y directivos muy buenos. Llegar ahí no es complicado si se le dedica el tiempo y los recursos necesarios. Pero dar el salto a ser los mejores requiere una dedicación diferente. Ser experto en algo implica "Práctica Deliberada" (el concepto de Daniel Coyle del que ya hemos hablado en otras ocasiones). Y la Práctica Deliberada no es divertida, es muy dura, te saca continuamente de tu zona de confort, requiere mucha energía y concentración, es laboriosa e implica constancia, compromiso inquebrantable y disciplina. Y es el denominador común de los que alcanzan el éxito en su disciplina ya sea deportiva, de negocios o de inversión. Por eso son  tan pocos los que dan ese salto de calidad.

Hace unos meses leía unas declaraciones de Bernardo Hernández (Director Mundial de Productos Emergentes de Google) en las que decía que "en España faltan técnicos" (expertos) que permitan implementaciones sólidas. Y estoy de acuerdo. Creo que en nuestro entorno nos hemos conformado con tener experiencia y nos autoconvencemos de que eso es suficiente. Lo siento, no lo es.

Todos queremos dar un salto de calidad en nuestro rendimiento, y acercarnos a lo que consideramos éxito. Lo que ha cambiado es que ya no vale culpar a la mala suerte o a la crisis por no alcanzar buenos resultados. La suerte no se tiene. La suerte se gestiona a través de ser lo mejor que podamos ser, de convertirnos en expertos, de entender el entorno en el que nos movemos y de tener e implementar una estrategia alineada con todo ello. Esto implica entender que nosotros "hacemos nuestra propia suerte". Y una vez que esto está asumido, quizás podamos digerir mejor nuestros éxitos y nuestros fracasos como parte de nuestra buena suerte.

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Os dejo un extracto de la película que os he comentado mas arriba que muestra cómo la suerte se gestiona mejor con el conocimiento y el "expertise".

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