Una batalla que no se gana peleando

TSC - 14 de Noviembre de 2014

Reproducimos a continuación el artículo de EL PAIS del pasado 2 de noviembre, en el que se habla del proyecto de Miguel Lozano (ver noticia de este blog del pasado mes de junio)

EL PAÍS

Aunque muchas veces se haya dicho, un deportista no pone verdaderamente a prueba los límites de su organismo en un sprint de 100 metros a casi 40 kilómetros por hora o a 2.615 metros de altura después de ascender el Galibier a toda velocidad o en los últimos metros de un maratón corrido a ritmos inferiores a los tres minutos por kilómetro o lanzándose en paracaídas desde la estratosfera en un traje presurizado. Los límites reales solo los rozan, o a veces, trágicamente, los sobrepasan, aquellos que se lanzan al mar profundo y bucean hacia el fondo sin botellas de oxígeno en la espalda que les permitan respirar.

El cuerpo de quien desciende en apnea a más de 100 metros de profundidad sufre tales transformaciones que narradas se convierten en un relato casi de terror: el corazón late tan lentamente, incluso por debajo de las 20 pulsaciones por minuto, y la saturación de oxígeno es tan baja, por debajo incluso del 50%, unas constantes que cualquier médico declararía incompatibles con la vida.

Pensarlo impresiona, sí, pero al conocer antes de lanzarnos a la oscuridad lo que le ocurre a nuestro cuerpo ya lo tenemos normalizado. De hecho, gracias a que ocurre todo eso somos capaces de hacerlo, porque el conocimiento en nuestro caso es poder, dice Miguel Lozano, de Montgat de Mar, Barcelona, que es el español que más profundo ha descendido sin lastre en la cintura ni aletas para propulsarse en la ascensión, hasta 117 metros. No es ni una locura ni un riesgo. El cuerpo sabe adaptarse a todo. Cuando desciendo soy como una botella de plástico a la que comprimes y aprietas hasta dejarla casi en nada antes de tirarla a la basura; y cuando regreso hacia la superficie, según va descendiendo la presión que me comprime, soy esa misma botella recobrando su forma original poco a poco. Si fuera una botella de cristal, se rompería, y en eso, en cristal rompible, me convierto cuando no soy capaz de relajarme o de llevar a cabo las técnicas necesarias para compensar la presión del agua y la falta de oxígeno.

Es una batalla de 4m 30s que Miguel Lozano no ganará peleando, sino dejando al cuerpo libre

A veces, Miguel Lozano se sorprendía pensando en cómo iba a cocinar los espagueti de la comida o en qué tenía que comprar en el súper cuando saliera del agua. Unos pensamientos curiosos y peligrosos, pues le invadían en un agujero azul profundo en el mar a 60 o 70 metros de profundidad, adonde había descendido un par de minutos antes después de una simple respiración muy profunda. Alcanzo entonces tal nivel de relajación, de evasión mental, que me siento como un niño de cuatro años jugando en el agua, dice Lozano, que describe así el ideal, y casi adictivo, estado de hipercapnia, cuando en la sangre hay más dióxido de carbono (CO2) que oxígeno y el organismo está al borde de la narcolepsia. Y eso, que es lo que busco, es también un riesgo, porque cuando se desciende en caída libre, hay que estar muy concentrado. Tengo que sentir el agua, estar atento a lo que me rodea, pero, sobre todo, tengo que estar concentrado en los aspectos técnicos y en la relajación para evitar dañar los pulmones generando tensión en mi caja torácica.

Y solo así podrá sobrevivir Lozano, que actualmente se entrena en el Mar Rojo, en Sharm-el Sheikh (Egipto) para intentar batir a finales de mes en el Deans Blue Hole, en Bahamas, el récord del mundo de inmersión libre (descenso y ascenso sin peso ni aletas siguiendo una cuerda tensada hasta la profundidad deseada), fijado en abril de 2011 por el neozelandés William Trubridge en 121 metros. El Deans Blue Hole, el paraíso de la apnea, es la dolina marina, el agujero azul, más profunda del mundo. Es un agujero situado a unos metros de la playa de 202 metros de profundidad y unos 35 metros de diámetro en la superficie, y más de 100 metros en el fondo. Sus aguas son tan transparentes que solo el azul del espectro las atraviesa, y su reflejo en las blanquísimas arenas carbonatadas del fondo regresa a la superficie como un color azul oscurísimo.

En el mar profundo, en el agujero, después de llenar al máximo los pulmones enormes que acogen hasta 10 litros, y después de sobrellenarlos hasta los 12 litros tragando aire por la boca con bocanadas rapidísimas, movimientos casi compulsivos de los labios como los de un pez agonizante fuera del agua, que se llaman carpas, Lozano entablará durante cuatro minutos y medio una batalla contra un medio hostil que, curiosamente, no ganará peleando, sino rindiéndose, dejándose llevar.

  

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